martes, 3 de junio de 2008

Confesiones de una oníria esquizofrénica


Ella y yo sabíamos que esto era un sueño. Sabíamos que nuestras manos nunca se habían tocado, que nuestros gritos no aturdieron silencios y que su sonrisa no provoco aquel terremoto. Nosotros, ella y yo, éramos concientes de que, irónicamente, no éramos más que creaciones del inconsciente, o de algún otro lugar igual de oscuro, igual de lúgubre. Sabíamos que moriríamos con el primer rayo de sol en mis ojos, o con cualquier áspero sonido en sus oídos. Ella y yo, nosotros, sabíamos que cada inexistente segundo, que cada insubordinada arruga, que cada ciclotímica noche y que cada una de aquellas mil eternidades nunca nos pertenecieron ni nunca nos pertenecerían, por eso agradecíamos, por eso disfrutábamos y por eso, simplemente, éramos.

Fue en medio de todo ese cotidiano real absurdo, en una tarde de invierno otoñal, de hojas inmensas cabalgando en torpes vientos, de soles apagados y cielos rojos. Fue en una de esas tardes de pomposas gotas de lluvia, sentados en un blando banco blanco de su plaza favorita, cuando le confesé ese secreto que ella ya sabía y que yo ya sabía que ella sabía.

Nuestras miradas se unieron, como si no hubiese más que mirar, como si el absorto tiempo nos absorbiera. Sus ojos brillantes vibraban mientras rodee sus manos con las mías. Quería decirlo, quería decirle, pero las palabras aturdidas me atragantaban. Recogí el pelo de su rostro y lo coloque detrás de su oreja, dude cincuenta y tres veces, acerque mi boca hasta su oído, intentando evitar que los árboles de los alrededores oyeran, y murmure mi grito casi sin aliento. Las palabras acariciaron fríamente mi lengua segundos antes de estrellarse contra su impaciencia, contra mi conciencia. “Estoy loco” le dije y luego aleje mi cara lentamente. Ella no necesito hablar, nunca lo necesito. Se quedo completamente inmóvil mientras una cristalina lágrima atravesó verticalmente su pálida cara. Me aleje un poco más. Nunca supe controlar la intensidad emocional en mí y, mucho menos, en otras personas, especialmente las queridas, por eso la situación me aterraba. Ella apoyo sus manos en el banco y se movió poco a poco hasta quedar a mi lado, estiro sus brazos, los estiro cada vez más, como si nunca hubiesen sido dueños de una estructura particular, y me cubrió totalmente, y me abrazó como se abraza a una idea recién nacida. Nos quedamos inmóviles, inertes, perdidos en la calidez del otro y de su otredad. Y así, quietos, observamos tres amaneceres de diferentes colores. Observamos cómo se extinguían aquellas ciudades que dos días antes habíamos construido, como un espejo se reflejaba en una persona trasparente y como un grupo de niños parían un sueño. Y así, en silencio, escuchamos el sonido de cien realidades interpolándose, del primer llanto de una mujer que poco antes se había convertido en mujer y escuchamos el crujir de los planetas moviéndose.

Ese perfecto momento fue interrumpido por un suave movimiento de ella. Me soltó para luego alejar su ruborizada cara unos centímetros de la mía. En ese instante desconocía que sus prontas palabras cambiarían toda la noción, nuestra noción, de lo que éramos o de que pensábamos ser. “Tengo que confesarte algo…” dijo con su preciosa voz ronca. Se detuvo unos instantes, bajo su mirada, y sin despegar sus dientes dejó filtrar unas palabras entre ellos, entre sus vacíos: “yo también estoy loca”. La sorpresa se trasladó a todos los músculos de mi cara que se encargaron de representarla. Las palabras retumbaron en mi cabeza por algunas horas, si es que alguna medida temporal fuera valida en aquel entorno. Estaba muy confundido, no sabia si sentirme por fin comprendido o preocupado, feliz o triste. Ella no sabía si esto que nos sucedía era bueno o malo, ético, moral o amoral. Ella y yo nos dimos cuenta que este particular mundo que no nos pertenecía pero que creíamos entender no podía ser entendido por nuestras alteradas mentes. Nosotros, ella y yo, nos dimos cuenta de que quizás, solo quizás, aquello no era más que la realidad desvirtuada, deformada por nuestra incapacidad de compresión del mundo y no un sueño. Y, ella y yo, nosotros, comprendimos que antes nuestra intangible realidad irreal era lo mas real que teníamos, nosotros pertenecíamos a ella, éramos parte de ella. Comprendimos que nunca comprendimos nada, si era verdad que la nada era lo que creíamos que era la nada.

Y todos los colores que nos rodearon comenzaron a desaturarse. Y todas las certezas que teníamos, todas las certezas que éramos, se convirtieron en miedos. Y quizás, solo quizás, aquel amor, aquel amor que nos unía, que reformulaba el mundo con cada parpadeo, quizás aquel amor que nos creo era parte de la irrealidad de la onírica realidad. Y tal vez, solo tal vez, no existíamos ni siquiera en un sueño, ni siquiera en un perturbado inconsciente.

Una terrible sensación de inseguridad empezó a crecer en mi pecho. Se sentía frió, pero de aquel frió que arde, que quema. Y se sentía doloroso, pero de aquel dolor que no duele, sino que directamente mata. Ella se sintió igual o tal vez peor o, tal vez, no sintió nada. “Ni siquiera soy dueño de mi mismo ¿Cómo podría amar? ¿Cómo podría ser?” era uno de los tantos pensamientos que me excluían de aquel mundo. Y entre tantos temores y dudas, y entre tanta enajenación y secretos todo siguió cambiando. Aquellos colores desaturados se convirtieron en un profundo negro que fue devorándolo todo poco a poco. Nuestros cielos primero, nuestros mares luego. Y su crecimiento siguió hasta rodearnos, hasta borrar todo lo que alguna vez conocimos como verdadero. Ahora solo quedábamos ella y yo y sus ojos bermellón, sentados en aquel banco que ya no tenía color ni consistencia. Ninguno de los dos se movía, ninguno de los dos intentaba hacerlo. Solo contemplábamos, solo no entendíamos, solo no sentíamos. Ella bajo su cabeza y comenzó a llorar. Sus lágrimas ya no eran cristalinas, ya no eran transparentes, sino que ahora eran opacas y pesadas como algún metal barato. Toda aquella angustia desbordo mis defensas y se hizo insoportable. Imitando inconscientemente su accionar también baje mi cabeza y empecé a llorar. Ya no nos miramos, como si nuestras lágrimas alimentaran nuestra resignación, como si ya no hubiese nada más que mirar. Nuestra oscuridad siguió avanzando, siguió consumiendo nuestros alrededores. Y nuestra oscuridad siguió avanzando y comenzó a consumirnos. Nuestros pies primero, nuestras rodillas luego. Aquel brillante negro florecía lentamente pero sin detenerse. Ella comenzó a temblar, su nariz y pómulos tomaron un color rojo intenso, magnificado por el contraste con su piel blanca. Estaba empapada por sus propias lágrimas y el aire, naturalmente calido, se había helado. El impávido castañeteo de sus dientes golpeando unos contra otros sonorizó el momento. Tomé su fría mano, la acerque hasta mi y dije: “toca mi pecho y sientete”. Un inmenso alivio dibujó una pequeña sonrisa en su cara. Tomaste mi mano, la acercaste a tu calido cuerpo y dijiste: “toca mi pecho y sientete”. Y me sentí y te sentiste. Levantamos nuestras miradas lentamente hasta lograr que se encuentren y nos encontramos. Y así, en silencio, quietos, eternos, desaparecimos.


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6 Comments:

dartevalor said...

primero
ando media tarada con la facultad y se me hace imposible conectarme (aclaro: soy del interior, vivo en capital, y como me vuelvo los fines de semana solamente esos dias tengo internet),,,, eso quiere decir que durante la semana ando des-comunicada de la vida cibernetica.
bueno toda esa aclaracion, era porque me conecte de puro pedo
entre al blog de puro pedo
y pido perdon pero no tengo tiempo de leer lo que escribiste en tu blog
me da por las bolas pero bueno...juro que el fin desemana lo leo mejor

sisis, se me fue el vocablo al orto
...si me queres regalar una semana de vacaciones en cancun, alaska, el tigre o un islita de por ahi , encantadisima!

bueno, un beso y mil perdones


igual sigo siendo la que tiene el corazon como una naranja eh?

Inés Oñate said...

Iván :)

Es hermoso, me quedé con la boca abierta leyéndolo (no se lo iba a decir pero se lo dije) y es hermoso.


Invierno.


Hoy caminaba hacia la terminal con la lluvia hasta las rodillas, eso pasa cuando los pantalones rozan apenas el piso lleno de charcos, absorven el mundo, algo asi..
Las luces, el frío estático, la gente, los autos, mi amiga riendose de las pavadas que le gitaba desde la vereda de enfrente, los chocolates, la noche que lentamente nos va envolviendo, estemos donde estemos.


Lo quiero


Y mucho.


beso.

Ranchera del té said...

:)
sabés que me encantó ese!

Agustina said...

Esos que desaparecen por enterarse.

Usted Iván, a veces entiende más de lo que cree, a mis fantasmas. O quizás los reconoce por cataclismos comunes y por angustias que siempre se revelan así después de la despedida. Y si hay caos, y si no nos salvamos... Ud lo dijo, salvarnos, no hay por qué salvarse. Sin embargo a veces, retiro los pendientes, las huidas, todo eso que es posibilidad, probabilidad, utopía y me quedo a la deriva. Hay quien dice que es ese el momento justo donde se espera, la espera más terrible, la de anunciarse a la interperie.
Terrible es quedarse sin canciones, y yo empiezo a recuperar las palabras, esas recayentes deplorables, para volver a contarme el sueño.

Gracias por acercarse a contarme que no se rinde, que ud también se atreve a soñar.

Un abrazo Iván! :)

Gugú.

dartevalor said...

volvi mas tranquila y con mucho mas sueño
soy de la cuidad del humo, si exacto soy de zarate
y bueno, estoy buscando algo de las esueas psicoogicas que nada que ver conmigo , pero rindo el martes y otra no queda
igual
un beso


supongo que usted es una naranja con suerte ya que este flog se volvio estrictamente femenino

Jenn ~ said...

Al mismo tiempo que leía este escrito, me preguntaba cómo sería la parte siguiente. En palabras algo sencillas: me atrapó. Un gusto leerte, Iván! De verdad.
La próxima volveré por "El sujeto tácito", jiji
Ahora.. cómo intento ocultar decirte que soy quien dejó pendiente una conversación aquella vez?


Un beso (: