jueves, 7 de agosto de 2008

Los amantes


A Inés, mi todo.



Las paredes son tan blancas como la luz que rebota en ellas. Ese choque constante, ese reflejo pálido, arde en una lumínica masa brillante, espesa, que devora la estructura de la habitación, que provoca una nublada distorsión de los finales, una sensación de inmensidad inexpugnable. Perdida en ese fulgúreo blanco, una cama de dos plazas se vuelve mundo y no hay nada más allá de ella o, simplemente, lo demás no importa. En la cama, acostados, un hombre y una mujer desnudos, espalda contra espalda, silencio contra silencio. La temperatura es exacta, artificial, a punto de erizar los pelos, perfecta para el abrazo. La cama es de algarrobo marrón oscuro, tiene un respaldo alto con ángulos rectos y barrotes cilíndricos en el centro. En el pie de la misma, una sabana blanca, arrugada como el espumoso final del mar contra la resistencia seca de la arena, intenta no caer al piso, rebelde. La mujer esta acostada en la parte izquierda del colchón. Su piel es blanca y frágil como un suspiro en invierno. Tiene las uñas de los pies pintadas con esmalte color vino y, estos, seguidos por piernas largas, interminables, que se mezclan, hermosas, con la suavidad desaturada del cubrecamas. El olor a humedad instalado en el aire contagia los sentidos mientras su cintura, dividiendo belleza, se convierte en la frontera perfecta. Las sombras heridas caen y se pierden en sus orillas, entre la delicada caricia reprimida, entre los dientes apretados por el deseo. En su ombligo el principio de un universo finito y en su torso de plastilina el silencio estático de la llanura, ahogado, sepultado por la majestuosidad de sus pechos, redondos como la misma vida. A los costados una constelación de uñas vino sobresalen entre la piel, esta vez son las manos que abiertas, con las palmas pegadas al abdomen, gritan caminos rojos, cortos, profundos. Sus brazos se vuelven cuerpo en sus hombros curvos, refinados por la erosión de los besos. Su cuello, nexo perfecto entre la carne y los sueños, flota, caprichoso, evitando casi cualquier contacto con todo lo demás, con lo otro. Sus rulos, esos espirales de viento negro que silban noches, son los únicos que se atreven a tocarlo.

La mujer lame sus labios finos lentamente, su boca pintada por el silencio, a la vez que mira recto, duro, hacia ninguna parte, con sus ojos excitados por la luz, verdes con manchas caramelo, como un big bang diseccionado por el tiempo.

El hombre esta acostado en la parte derecha de la cama. Su pelo es lacio y sus ojos grandes, escondidos en fantasías. La recorre a ella en su memoria, toda, una y otra vez, de pies a cabeza y besa ese círculo infinito, lo abraza fuerte, muy fuerte, hasta enterrárselo en la piel. Tiene la barba crecida, apenas, rodeando sus labios secos que balbucean casi inaudibles palabras, casi solo aire moldeado. Su cuerpo se extiende por toda la cama y, poco a poco, la conquista. Sus hombros desiertos resisten cansados el peso de su cuerpo y de sus ilusiones que van enterrándolo contra el colchón. El rojo titila furioso bajo sus parpados cerrados y los dedos de su mano, con pequeños golpecitos suaves sobre su pierna, marcan el ritmo de ese lugar sin tiempo. Entonces el hombre levanta la cabeza despegándola de la almohada, mira la espalda de la mujer por el rabillo de su ojo y gira sobre su cuerpo para acercársele. Luego hunde su mano en los rulos negros de ella, en ese mar furioso, y lo aprieta y lo corre y desnuda su cuello. La besa en sus puntos cardinales y atraviesa, hacia abajo, toda esa cordillera de lujuria. Sube de nuevo, la agarra del hombro y la gira, la deja mirando hacia arriba, hacia donde estaría el techo que es cubierto por la cara del hombre, por sus ojos que la miran fijo, que la penetran. Se acerca lentamente y apoya sus labios febriles contra el cachete izquierdo de la mujer, aplastándolo como a un algodón. Los dos pueden sentir la respiración del otro pegándose a la piel como una telaraña de lava. El lleva su beso a la frente de ella, que cierra los ojos intuitivamente, después, a su otra mejilla, ya teñida roja fuego. De nuevo, aleja su cabeza, y sus miradas se encuentran, se acarician y se enredan como dos barras de metal caliente, a punto de fundirse. El hombre se levanta apoyando cada mano en cada costado de la mujer, sofocando sus límites. Gira de nueva, pero esta vez verticalmente, hasta quedar, cada uno, enfrentado a los pies del otro. El calor en la habitación aumenta, la densidad del aire también. El hombre abre su boca, estira su mandíbula con fuerza mientras esta rechina como una silla vieja. Agarra los pies sumisos de la mujer, los dos juntos, y se los lleva hacia sus labios, hacia al oscuro que estos enmarcan. Se mete, completas, las dos extremidades en su boca de manera violente y la mujer, con los ojos cerrados, mordiéndose los labios, gime contenidamente. Ella toma los pies de él, juntos, y se los mete en la boca, enteros. Los ojos del hombre se cristalizan, su respiración se acelera agitada. Todo se llena de un olor dulce, a jazmín. El hombre y la mujer, al mismo tiempo, introducen las piernas del otro, hasta las rodillas, en sus bocas, con movimientos lentos hacia un lado y hacia otro, como una boa constrictora devorando a su presa. Los vaivenes corren el cubrecamas y dejan ver el colchón, celeste con grandes manchas blancas. Parece un cielo; un cielo partido al medio por esa mezcla carnal incandescente; un cielo que se tiñe de rojo, de a poco, como en un atardecer primaveral. Y los dos avanzan sincronizados, los dos se meten adentro del otro al mismo tiempo. Llegan a la cintura, ambos, frenéticos, con sus cuerpos salpicados por gotitas de transpiración que centellean, como miles de estrellas pequeñas, reflejando el estridente contexto. Arden y siguen subiendo, siguen masticando su excitación ciega. Ahora los dos alcanzan el pecho del otro, sus pechos, adentro de su boca, su boca estirada, acariciando cada piel, rozando cada extremo. Y, de a poco, se desplazan mas lento, entre suspiros desgarrados, entre olas elásticas de aire hirviendo. Llegan a sus cuellos y el todo decrece; y lo demás es cada vez más. Se siguen hundiendo en ese abismo de carne, los dos, despacio y van acelerando paulatinamente, cada vez mas rápido, cada vez mas fuerte, acompañados por su goce indulgente, hasta que explotan en ellos, juntos, numerosos escalofríos fusionados, derretidos, que hacen temblar cualquier percepción, que curten la piel húmeda. Y se detienen un instante, cansados, para luego seguir subiendo ligeramente y encontrar sus limites, los labios de ese otro y se entregan, completos, al beso final.



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4 Comments:

Inés Oñate said...

Ay nenito mío...

:) soy tan feliz con vos, completa y maravillosamente feliz.
Y es mágico, desde el primer momento que nos vimos, yo todavía siento esa sensación de ese amor tímido, fuerte y rabioso de nenitos de primaria, que cuando estan lejos se gritan barbaridades cariñosamente empalagosas y una vez uno cerquita del otro se ahogan en un mar de timidez, Así nuestra fue primera vez juntos, en nuestras butacas...
Y cada vez que nos encontramos siento esas mismas libélulas (son hermosas las libélulas) en todo el cuerpo.. en todo el cuerpo! Y sos hermoso y me pierdo, porque no me canso de mirarte y no me voy a cansar nunca de morderte la boca (Y otras partes)

Te amo Iván La Manna!

Inés Oñate said...

sos lo más hermoso que tengo mi vida!

:) ayyy... nada alcanza para explicar tanto tanto tanto.

un vestido, millones de besos, colectivos, horas azules, enfoques, poesías, frutillas, cerezas, helado, tu cara, tu boca, tu narizota, tus manos, vení que ahí voy!


Te amo Iván La Maña.

Mío.

una tal Elihanna said...

wuou =)

Inés Oñate said...

Y ya es casi Navidad y llega papá noel!y te amo más más más que antes, más..
Si porque la mayoría de las veces vos vas caminando al lado mío y yo me doy cuenta de muchas cosas que en realidad no es que me doy cuenta sino que las corroboro.

sos para mí.

Te amo.

Inés